Raúl
Bueno
Dartmouth
/ San Marcos
Carta
a JALLA-Cusco: Indagaciones conceptuales sobre cultura y literatura
0.
Someto a este importante foro más
preguntas que respuestas. También algunas dudas. Lo hago así porque intuyo que
mis preocupaciones son también las de otros, y porque alentar una discusión
sobre ellas nos ayudará a no pocos a entender mejor las cosas. Mis consultas
tienen que ver con los procesos de la cultura y su relación dinámica con las
literaturas de América Latina. Y también, con el uso un tanto laxo y a veces
erróneo que hacemos de los conceptos más conspicuos de nuestros estudios
literarios y culturales.
1. Estudios culturales / estudios
sobre la cultura
Mi primer punto tiene que ver con nuestros
estudios culturales (ee.cc.). Pregunto si no existe una tendencia a
desmerecerlos. También a desplazarlos por los ee.cc. hegemónicos, que son los
que hoy se cultivan en las academias europea y norteamericana. A los nuestros
alguien los ha llamado ya “estudios culturalistas”, sin duda para hacer
hincapié —no exento de condescendencia— en su condición esencial, la de ser, en
efecto, estudios sobre las culturas de América Latina; pero quizá también para
desocupar un campo fértil y repoblarlo con sus ee.cc., que consisten, como se
sabe, en una suerte de sociología cultural que quiere romper fronteras
epistemológicas y saturar el área de las humanidades. Sin desconocer que hay
importantes iniciativas fuera del ámbito latinoamericano para esclarecer
nuestra problemática cultural con propósitos muy afines a los que nos ocupan
(el Journal of Latin American Cultural
Studies, por ejemplo), pregunto si no convendría revisar con detenimiento
nuestra propia tradición de ee.cc.: discutir su antigüedad, casi fundacional, y
sus relaciones tempranas con el pensamiento descolonizador, la formación de
naciones e identidades nacionales, las ideologías, la exclusión/inclusión de
culturas alternativas, y, de manera constante y cada vez más desjerarquizada,
con las literaturas y los estudios literarios. En este último aspecto, por
ejemplo, creo que resultaría ilustrativo discutir si nuestros ee.cc. surgen de
subordinar lo literario, como ocurre con los ee.cc. anglosajones, o más bien de
trascenderlo y diversificarlo, rompiendo la hegemonía de las literaturas de élite
y los discursos que se les asocian, como se hace al investigar las literaturas
alternativas y los sistemas culturales que los soportan. Y destacar que desde
antiguo nuestros ee.cc. y nuestros estudios literarios han ido de la mano y han
creado un sistema orgánico de relaciones conceptuales y críticas.
2. Heterogeneidad / transculturación
/ mestizaje / hibridez
Mi segundo grupo de consultas
tiene que ver con las definiciones y las delimitaciones de los conceptos de más
uso en el campo de nuestros ee.cc. y literarios. Tengo la impresión de que su
uso —más o menos automático en los últimos tiempos— los ha desgastado un tanto,
y hasta los ha desplazado de la clara función con que fueron concebidos. Tal
sería el caso de la categoría de heterogeneidad (discursiva), que suele ser
confundida con la de transculturación (narrativa), sin reparar en que la
primera alude a un "doble estatuto socio-cultural" de origen, como
dijo su autor, mientras que la segunda a una negociación de niveles y sistemas
literarios con vistas a la pervivencia del sector discursivo menos favorecido.
Creo que por las mismas razones —costumbre, desgaste, irreflexión— existe la
tendencia a confundir mestizaje cultural con transculturación, y, más
recientemente, a confundir ambas categorías con la de hibridez cultural.
Entiendo, como señalara en agudo y polémico texto Antonio Cornejo Polar, que
ello resulta en parte de usar metáforas como conceptos; pero me pregunto si no
poco del problema proviene del uso borroso que hacen de esos y otros conceptos
algunos investigadores poco atentos al problema.
Con lo
anterior no quiero decir que haya que solidificar reverencialmente los
conceptos. Creo, más bien, que hay que hacerlos evolucionar, pero dentro del
espíritu de sus forjadores. Así, por ejemplo, para ajustar uno de ellos a
ciertas complejidades fenoménicas, se podría sostener que no sólo hay
heterogeneidad discursiva en textos que refieren la otredad (el discurso de un
mundo A representando a un mundo B, así: A -> B), sino también en textos que
representan el conflicto (<=>) que surge de una realidad heterogénea
(así: A -> A <=> B). Sería el caso del testimonio de Rigoberta Menchú,
que representa la lucha de supervivencia de la cultura maya contemporánea bajo
la dominación de ladinos y blancos guatemaltecos.
Me
pregunto si no es hora de ponerse a trabajar en el corpus de nuestros conceptos sobre literatura y cultura. Existe ahí
la posibilidad de un volumen similar al que Sarlo y Altamirano dedicaron a los Conceptos de sociología literaria
(1993), pero más rico aún y más necesario, porque haría visible el sistema de
relaciones que ya caracterizan a nuestro paradigma crítico. Sería un volumen
además histórico, porque daría cupo a secuencias argumentales de conceptos y
metáforas culturales, como el transplante de Bello y Rodó, el injerto de Martí,
el palo-brasilismo y la antropofagia de Oswald de Andrade, o las distintas
formulaciones del mestizaje, desde la del Inca Garcilaso hasta la de Fernández
Retamar, pasando por la desventurada de Vasconcelos. Creo que el tramado del
sistema haría ver cosas tales como que el mestizaje cultural ocurre siempre que
los elementos de una transculturación pierden, para el ciudadano común, sus
referencias históricas de origen (lo europeo, lo indio, lo africano, por ejemplo)
y se reorganizan en un sistema relativamente uniforme que se plantea como una
alternativa cultural. Lo que significaría decir que durante el período
transcultural de una determinada realidad histórica (como en los discursos
mismos de la transculturación) los elementos originales mantienen su filiación
heterogénea (popular, indígena, del interior, etc., por un lado, hispánico,
metropolitano, vanguardista, etc., por otro), los cuales funcionan juntos, casi
conscientes de su heterogeneidad, en relaciones nuevas que buscan mucho más que
diversificar el panorama cultural: negociar salidas de subsistencia cultural y
subterfugios contra la dominación; en tanto que durante el período de mestizaje
cultural los elementos de heterogénea procedencia diluyen sus diferencias,
re-originan el sistema y fundan una filiación cultural distinta y nueva. El
mismo tramado de relaciones, por otro lado, haría ver mejor cómo la
aculturación (en el sentido manejado por J.M. Arguedas) y la pluricultura
constituyen asuntos y categorías bastante distintas de transculturación y
mestizaje.
3. Cultura / culturas //
globalización / regionalización// modernidad / posmodernidad.
Creo, sin embargo, que una eventual
discusión terminológica no debería hacernos perder la pista de preocupaciones
de más bulto, relacionadas con asuntos que atañen no sólo al sentido general de
nuestros estudios culturales, sino al orden mismo de nuestra compleja realidad.
Hablo de sobredeterminaciones de orden político o económico —el imperialismo,
el neocolonialismo, la globalización, por ejemplo— que afectan hondamente lo
cultural y literario, tanto como la vida civil de las naciones. Ahí muestran su
inquietante faz cuestiones tales como la naturaleza de las culturas que nos
atañen (¿existe la cultura peruana?, ¿y la latinoamericana?); o la índole de
nuestro ingreso a la modernidad (¿por qué no somos del todo modernos?, o ¿qué
sentido tiene o debe tener nuestra modernidad?, ¿y nuestra posmodernidad —si es
que podemos hablar de ella en posesivo?); o las condiciones que nos impone la
globalización (¿sobrevivirán las culturas locales en esta era de la aldea
global?).
Convendría revisar algunas de las
respuestas en juego. Y antes, la pertinencia de las preguntas mismas. Por
ejemplo, con relación a las culturas locales o regionales (la peruana, la
andina, la latinoamericana) creo que las interrogantes sobre su existencia
misma implican una serie de supuestos y malentendidos. Suponen, en principio,
la falacia de la unidad cultural en realidades visiblemente heterogéneas, como
son las de América Latina. Al mismo tiempo, o tal vez antes, suponen la falacia
de la homogeneización cultural, en que distintas civilizaciones puestas en
situación de contacto encontrarían con el tiempo y las políticas culturales una
suerte de equilibrio táctico; un equilibrio que se suele visualizar en el
mestizaje, que a nivel del imaginario social parece solucionar las
contradicciones más visibles del choque cultural. Supone también la falacia del
quietismo cultural, suerte de perpetuación de la epifanía homogeneizante, en
que las políticas culturales podrían intervenir para solidificar un estado
estimable de cultura y hacer que sobreviva el temporal aculturador de las
intromisiones y subyugaciones.
Y en relación a nuestro ingreso o no a la
modernidad, cabría indagar si no estamos tomando el rábano por las hojas, pues
en lugar de buscar las huellas de nuestra esquiva modernidad tal vez sería más
fructífero indagar los signos de nuestra constante y meritoria contramodernidad
(“countermodernism”, como diría mi colega Keith Walker en sus estudios sobre el
Caribe francés). Así, creo, tendrían mayor dimensión y sentido las escrituras
de resistencia, revolución y descolonización de sujetos como el Inca Garcilaso,
Guamán Poma, Las Casas, Lope de Aguirre, Martí, Césaire, Fanon, J.M. Arguedas,
Menchú y tantos otros claramente opuestos al logos centralista, jerarquizante y dominador.
Y en conexión con las preguntas la supervivencia
de las culturas locales ante el impulso globalizador cabría preguntarse si ese
mismo impulso no genera a la vez, como en las leyes físicas explicadas por
Newton, una reacción tendente a afirmar lo local, lo nacional, lo regional
frente a lo universal. Así, quienes con cerrado fatalismo adelantan que se
tiende a la cultura mundial y que a las culturas lastradas de arcaísmo no les
queda más remedio que modernizarse y transformarse culturalmente, quizá olviden
que el impulso modernizador occidental no es nuevo ni es reciente, pues ya dura
tanto como quinientos años de conquista y dominación, y en todo ese tiempo no
ha homogeneizado el mundo, sino que lo ha hecho aún más diverso y problemático.
Creo que convendría discutir sin
dilación esas y otras preocupaciones de alcance, pues en ellas estaría en juego
algo mucho más estimable que el perfil de nuestros estudios y la entraña de sus
formulaciones: el lugar —y aun la existencia— de nuestra diversidad cultural,
tanto como campo internamente dialogístico, cuanto conjunto interlocutor,
estimable y atendible, dentro del vasto concierto de lo cultural.
[Lima / Hanover, N.H., abril de 1999]